El universo como un océano sin límites visibles puede esconder y producir indefinidamente secretos. Por eso no es nada de locos que los científicos se estén preparando diligentemente para cuando nos topemos con al menos uno de estos misterios, como la posibilidad de que algún día la humanidad conozca a verdaderos viajeros extraterrestres que lleguen a la Tierra a causa de una carrera espacial solo imaginable desde el futurismo de fantasía.

Sin embargo, evidencias de que este contacto ya se haya dado no son aceptadas por la comunidad científica más amplia. De momento, estas casi se reducen a teorías de la conspiración llenas de historias de abducciones popularizadas en la década de los sesenta, con médicos de otros mundos pinchando a sujetos de prueba humanos con instrumentos quirúrgicos, o historias sobre el área 51, donde investigadores de la CIA estarían haciéndole lo mismo a enanitos verdes y grises. Pero otra posibilidad para la imaginación serían casos como los de “Oumuamua”, un intruso interestelar rocoso, de superficie rojiza, brillos cambiantes y con forma de cigarro de 400 metros de largo, nombrado así por astrónomos del sistema de sondeo continuo Pan STARRS, de la Universidad de Hawái, y que significa mensajero de lejos que llega primero en la lengua autóctona de esta isla. Fue advertido por primera vez en octubre de 2017, mientras rotaba velozmente siguiendo una trayectoria errática. Aunque durante tres noches varios telescopios dieron seguimiento a su trayectoria, terminaron por perderlo de vista. En primera instancia, la discusión sobre su naturaleza se limitó a la posibilidad de que se trate de un cometa o de un asteroide. Pero pronto apareció la teoría de que quienes vieron a Oumuamua podrían haber hecho el primer registro confirmado de una sonda espacial diseñada por una especie distinta a la humana. Es decir, un instrumento científico lanzado a un viaje exoplanetario para recopilar información sobre el universo y planetas diferentes.

Harvard Avi Loeb, doctorado en física de plasma, se atreve a pensar que se trata de un objeto extraterrestre lanzado alrededor del centro del sistema solar a aproximadamente 15 millones de millas de nuestro planeta azul. Pero sea o no sea Oumuamua una sonda, imaginar que sí motiva a los científicos a pensar en qué podría consistir la ingeniería necesaria para una hazaña tecnológica de esta índole. Nuestro primer referente son las sondas espaciales que empezaron a enviar al espacio los científicos de Estados Unidos y la Unión Soviética.

Dicho esto, la posibilidad de atravesar el espacio profundo para llegar hasta la Tierra con una sonda implicaría una serie de conocimientos que nuestros científicos terrícolas están lejos de dominar. Si una civilización de otro mundo se propusiera enviar una sonda al nuestro, tendría que resolver los retos complejos de la distancia y el tiempo. El problema es bastante fácil de imaginar y, de hecho, hace parte de las películas de ficción de la cultura pop: Si se enviaran sondas extraterrestres desde Andrómeda, la galaxia más cercana a la nuestra, estas tendrían que recorrer una distancia de 2,5 millones de años luz. Y dado que cada año luz equivale a más de 9 billones de kilómetros, tendrían por delante un viaje en extremo largo, por lo que para llegar a la Tierra antes de que la esta civilización alienígena se perdiera en el polvo, esta tendría que ingeniar una manera de superar la velocidad de la luz. Como explica Adam Frank, profesor de astrofísica de la Universidad de Rochester, “cualquier cosa que vaya más rápido que la luz es ciencia ficción en este momento”. Hasta donde se sabe, “la velocidad de la luz es lo más rápido que puedes llegar”. Y a menos que en otros mundos se hayan hallado soluciones como alguna manera de aprovechar los agujeros de gusano teóricos, viajar desde la galaxia de Andrómeda hasta aquí es imposible.

Ahora, incluso si alguna civilización alienígena descifrara cómo rebasar el límite de velocidad intergaláctico, inevitablemente tendría que resolver otros problemas. De acuerdo con Scott McCormack, especialista en ciencia e ingeniería de materiales de la Universidad de California, sería en sumo compleja la ingeniería requerida para soportar las condiciones extremas del espacio exterior, por ejemplo, los efectos de la erosión o el impacto de los desechos espaciales en un viaje tan largo. Una hipótesis de McCormack sugiere que, de contar en su mundo con ecosistema marino semejante al nuestro, estos científicos alienígenas tendrían opciones cómo diseñar materiales para sus sondas hechos a imitación del material de nácar de las conchas de los moluscos. A nanoescala, el material compuesto de carbono de estas corazas animales ofrece una estructura de ladrillo y mortero, acolchado por capas de materiales orgánicos. Es de hacer notar que en la vida real la dureza y la tenacidad de estas corazas es de interés para nuestros propios científicos que buscan un mejor y más seguro material de construcción de complejos como reactores de fusión nuclear. Y es curioso que, según este mismo experto, sería más adecuado suponer que estas sondas hipotéticas lucirían menos como las de la NASA Voyager o New Horizons, siendo poco descabellado que se parecieran Oumuamua.

Imaginar cómo seres más allá de las estrellas podrían trascender estas limitaciones físicas y de diseño incentiva la curiosidad de nuestro científicos y provoca un análisis multidisciplinario real sobre qué haría falta plantear para tentativamente trascender estos límites. Pero incluso de dar por hecho que existen físicos e ingenieros fuera de este planeta con ese alto nivel de desarrollo, hay mucho más por imaginar que motiva el análisis. Una buena pregunta sería ¿qué medios tenemos nosotros, pobres humanos, para comprobar si hay otros seres observándonos?

Esta inquietud al mirar hacia arriba o al pensar que otros seres pudieran estarnos viendo resuena en las palabras del teólogo Leonardo Boff: “somos hijos e hijas de las estrellas y del polvo cósmico”. Es teorizable visitar otros planetas habitados por seres inteligentes y que esta teoría se haya vuelto iniciativa para estas inteligencias extraterrestres.

A lo mejor, como aseguraba Carl Sagan, “todas las civilizaciones se vuelven espaciales o se extinguen”.

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