En el ámbito de los matrimonios existen múltiples ritos y fórmulas a través de los cuales una pareja puede formalizar su unión. En España, las formas más habituales de contraer matrimonio siguen siendo las ceremonias religiosas —principalmente católicas— y los enlaces civiles. A ellas se sumó, en las últimas décadas, la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo, un cambio normativo que marcó un punto de inflexión en la concepción jurídica y social del matrimonio.

Fue el Congreso de los Diputados, bajo la presidencia de José Luis Rodríguez Zapatero, el que aprobó esta reforma el 30 de junio de 2005, convirtiendo a España en uno de los países pioneros en reconocer legalmente estos enlaces, tras los precedentes de Países Bajos y Bélgica. Desde entonces, numerosas naciones han incorporado esta figura a sus respectivos ordenamientos jurídicos, y hoy una parte significativa del mundo permite el matrimonio entre personas del mismo sexo. Sin embargo, existe una forma de unión que sigue siendo excepcional y ajena al marco legal: el matrimonio de una persona consigo misma.

Casarse con uno mismo: una práctica simbólica sin validez legal

El acto de contraer matrimonio con uno mismo recibe el nombre de sologamia. Se trata de una ceremonia de carácter estrictamente simbólico, sin reconocimiento jurídico, que en los últimos años ha ido ganando visibilidad como expresión de autoafirmación, amor propio y compromiso personal con el propio proyecto de vida.

Entre los casos más recientes que han trascendido se encuentra el del francés Antoine Cheval, así como el de Stephane Soriano, cargo público valenciano, quien celebró su ceremonia en el Molí del Ballestar, en Benaguasil, acompañado de familiares, amigos e incluso algún representante del Partido Popular. En general, quienes optan por este tipo de ritual suelen justificarlo a partir de experiencias previas de desengaños amorosos y lo presentan como una declaración de independencia emocional, donde la búsqueda de la felicidad individual ocupa un lugar central.

El caso de Antoine Cheval destacó además por su puesta en escena simbólica. Durante la ceremonia, celebrada en una pequeña capilla y registrada en video y fotografías, vistió un atuendo dividido en dos mitades: un traje de novia y un traje masculino, como representación visual de la integración de distintas dimensiones de su identidad. Más allá de lo anecdótico, estos actos reflejan una tendencia emergente que, aunque carece de efectos legales, plantea interrogantes sobre la evolución contemporánea de los vínculos, el compromiso y las formas de relación con uno mismo.

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