Según la hipótesis nebular, el sistema solar en sus orígenes –hace unos 4.670 millones de años- era una nube de polvo y gas en remolino, lo que se conoce como nebulosa solar.

En algún momento tuvo lugar un suceso que provocó el colapso de la nube, bien a consecuencia del paso de una estrella u ondas de choque de una supernova. La consecuencia fue un colapso gravitacional en el centro de la nube, de forma que las bolsas de polvo y gas comenzaron a acumularse en las regiones más densas, en otras palabras, poco a poco se fue formando una estrella central y un disco circunestelar.

Las regiones más densas atrajeron más materia, fueron ganando masa progresivamente y, como consecuencia, el campo gravitacional de los fragmentos fue aumentando y unificando todo el material.

La mayor parte de aquel material terminó en una bola en el centro –el Sol- el resto de la materia se aplanó y formó un disco protoplanetario, que es como se conoce a aquellos planetas incipientes.

La culpa es de la gravedad

En aquel momento se produjo un equilibrio hidrostático, según el cual existía un balance entre la presión térmica que empujaba desde adentro hacia afuera y el peso del material que empujaba de afuera hacia adentro.

La gravedad tira del centro hacia los bordes, lo que hace que poco a poco su forma se aproxime a un círculo tridimensional, es decir, a una esfera. En otras palabras, es la gravedad la que hace que los planetas tengan una forma pseudoesférica.

Ahora bien, la esfericidad no es perfecta, debido a que los planetas tienen un movimiento de rotación que provoca que las regiones ecuatoriales sean ligeramente más alargadas que aquellas que está situadas en los polos.

No todos son igual de redondos

Los siete planetas que forman el Sistema Solar son diferentes en cuanto a composición, tamaño, número de lunas y forma. Los planetas exteriores se formaron rápidamente debido a la abundancia de material ligero mientras que los planetas interiores tardaron mucho más tiempo en formarse debido a la menor cantidad de material condensable.

En resultado final es que no todos ellos son igual de esféricos. Así, mientras Mercurio y Venus son los más redondos –tienen una menor deformación- en el extremo opuesto se encuentran Saturno y Júpiter, que son un poco más gruesos en el radio ecuatorial.

Para entenderlo más claramente tenemos que ponerlo en contexto: Júpiter tiene es casi 1.300 veces más grande que nuestro planeta y su velocidad de rotación es de diez horas, por lo que hay una alta deformación en su ecuador.

Si ponemos ahora nuestro foco en la Tierra, su radio en los polos es de 6.356,8 Km mientras que en el ecuador es de 6.378,1 Km, lo que significa que el achatamiento de nuestro planeta sea del 0,33%. Por ese motivo la forma de nuestro planeta es definida como un geoide. Al realizar el mismo cálculo con los otros planetas se obtiene 6,49% para Júpiter y 9,8% para Saturno, mientras que en el caso de Mercurio y Venus se reducen hasta el 0,6% y 0,2%, respectivamente.

En conclusión, el escultor de los planetas que forman el sistema solar es la fuerza de la gravedad, que tiende a transformar cualquier objeto en una esfera, puesto que cada punto de su superficie está tan próximo al centro gravitacional como las leyes de la física se lo permiten.

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